La vida se abre paso en la Cueva del Viento

La vida se abre camino en lugares sorprendentes. Allí donde miremos, si lo hacemos con atención, veremos animales y plantas que luchan por sobrevivir. En las profundidades de los océanos, en lo alto de las montañas, en los desiertos, en las regiones polares y también en la perpetua oscuridad de las cuevas.

Incluso en aquellos lugares donde nunca ha penetrado la luz del Sol, la vida se abre paso en forma de organismos muy especializados. Es el caso del tubo volcánico más importante de Canarias: La Cueva del Viento.

Situada en el termino municipal de Icod de los Vinos, Tenerife. Esta estructura volcánica alberga en su interior una serie de invertebrados que son únicos de este sistema subterráneo y endémicos de La Cueva del Viento. Cuando entramos en el tubo volcánico la primera impresión que nos llevamos es que estamos andando por un terreno inhóspito y deshabitado. Cuesta imaginar un ecosistema en un ambiente sin luz solar, sin embargo una mirada atenta y paciente nos descubre otra realidad.

Los biólogos diferencian entre dos tipos de inquilinos de las cuevas o tubos volcánicos: los animales que pasan parte de su vida en ellos, como los murciélagos y los que viven en su interior y nunca salen al exterior. Estos últimos son, sin duda, los más interesantes para los investigadores.

Los estudios biológicos en la Cueva del Viento comenzaron en los años 70. Desde un primer momento se observó que existían insectos que la ciencia aun no conocía y que eran únicos en el mundo. Fue el caso de  la cucaracha sin ojos Loboptera subterránea o los carábidos Wolltinerfia martíni y Woltinerfia tenerifae . En los años 80 los científicos volvieron a recorrer la cueva en busca de nuevos animales, y los hallaron. Hasta la actualidad se han descubierto un total de 130 especies de invertebrados, una cifra que sorprende si conocemos las duras condiciones de vida de un ambiente como este.

Los invertebrados que viven en la Cueva del Viento se han adaptado a la oscuridad absoluta y a la escasez de alimentos. Por este motivo, la mayoría de las especies que encontramos en el subsuelo carecen de ojos, sin embargo, en compensación, han desarrollado otros sentidos como el tacto. La mayoría de estos pequeños animales están dotados de largas antenas que les ayudan a localizar sus presas y a relacionarse con sus congéneres. 

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